sábado 15 de noviembre de 2008

Pérdidas significativas. Lo pendiente

El primer velatorio que se gravó en mi memoria fue el de mi bisabuelamaterna en mi pueblo natal, cuando yo tenía cuatro años de edad.Recuerdo la salida del servicio fúnebre desde la casa mortuoria, que era lacasa en que ella vivía, hacia la calle donde aguardaba mucha gente y se encontrabatambién el carruaje fúnebre tirado por caballos de color negro. Toda esa escena meimpresionó mucho por la pompa y el silencio que había en el ambiente.No sabía bien de qué se trataba, pero intuía que era algo penoso porque, enesos momentos, veo a una mujer que lloraba muchísimo y se tiraba,literalmente, encima del ataúd y no dejaba avanzar el cortejo a pulso hacia el coche fúnebre.Lo que más me sorprendió, y que me permiterecordarlo aún ahora después de tanto tiempo, fue ese llanto tandesgarrador de una persona grande.Luego, con el tiempo, supe que se trataba de la hija menor de mi bisabuela,hermana de mi abuela Carola, que se llamaba Magdalena, como su madre fallecida, pero la llamaban Bibi.A los demás miembros de mi familia no los tenía conocidos por nombres y no podía distinguirlos unos de otrosLa tía Bibi, que ya falleció, era famosa en nuestra familia porque asistía atodos los velatorios de familiares y amigos, cercanos y no cercanos. Teníauna gran atracción por esos rituales fúnebres, vaya saber uno por quémotivos. Era un amor excesivo por los velorios y el compartir el dolor ajeno. Tal vez, haya alguna palabra que involucre todos esos sentimientos en una persona. Ella, como pertenecía a la familia de mi madre, no tenia nada que ver con los negocios funerarios, que habían comenzado mi bisabuelo paterno.
Hubiese sido una excelente Tanatóloga, estoy seguro.
No puedo decir que esa fue mi primer experiencia de pérdida, porque yo no tenía mucho contacto con mi bisabuela, apesar de que yo viví en ese pueblo justamente desde mi nacimiento hasta esa edad de cuatro años, pero mi relación era más cercana a mi abuela Carola , a mi abuelo Guido y a mis abuelos paternos que también vivían allí.Pero mi trato con la "nona" Carola era, de todos, el más estrecho, pues yo era el hijo mayor de su única hija.A pesar de que nos fuimos a vivir con mis padres a la ciudad de San Lorenzo, ella nos visitaba frecuentemente y en lasvacaciones volvía, con algunos de mis hermanos menores, a su casa del pueblo.Con el tiempo, a ella yo la comencé a llamar Carola sin anteponerle el nona o abuela.Carola y el abuelo Guido nos seguía donde nos trasladábamos buscandonuevos horizontes para la empresa familiar. Así, nos acompañaba por algunassemanas o meses, hasta las ciudades de Mar del Plata y Rosario.En las vacaciones en su casa me daba casi todos los gustos con las comidas. Eran para mí un manjar las milanesas, las papas fritas y los huevos fritos hechas por su especial mano.Ni hablar de los fideos con tuco.Las revistas que ella podía comprarme, o pedir prestadas para mi, eran:Patoruzù, Patoruzito, Rico Tipo, Lupin y el Pato Donal, que yo leía conpasión.Carola vivió hasta los 97 años y falleció en la ciudad de Rosario el díasiete de enero del 2008. Los últimos 20 años de su vida, luego de salir desu pueblo, los vivió en la casa donde yo vivía con mi familia (esposa y treshijos), y que le dejé por la proximidad que ella tendría con el domicilio demi madre.Tuve bastante tiempo para charlar con ella, luego del fallecimiento de su esposo hace unos 20 años, pero no fue el diálogo que yo hubiese esperado. No era fácil de abordar en lo más profundo de su alma. A pesar de que tenía una forma muy directa de expresarse cuando algo no le gustaba, no era fácil, para mí, conocer sus sentimientos.Seguramente, yo tampoco supe expresarme con libertad y con el corazón como para que ella también lo haga. Fue y sigue siendo para mi una de mis mayores dificultades en el trato con las personas.Una característica de ella: nunca dio un beso a sus nietos. Yo solamente le di un par de veces algún beso para fiestas de fin de año, pero por el clima de algarabía que se generaba y no por la costumbre de hacerlo.Por tal motivo, mi madre tampoco nos daba besos. Recuerdo que una vez, antes de partir para la escuela, le di un beso y me fui corriendo. Lo hice porque mis amigos eran besados por sus madres en esos momentos antes de salir de sus hogares.Cuando se iba a cerrar su ataúd, yo dudé por un instante en darle o no un beso en su frente. Lo hice y me quedaron dos recuerdos contrarios. El más importante, que vencí ese pudor de besarla delante de todos. El no tan bueno, que sentí su piel fría y que era la confirmación de que había muerto.Su vida transcurría apaciblemente y, en los últimos años, en compañía de algunas señoras que la cuidaban especialmente de noche.Se puede decir que se fue como apagando de apoco, sin enfermedades graves. No le gustaba que la visitaran porque tenía que atender a las visitas y no quería hacerlo. Sólo le gustaba que pasaran unos minutos y ?cada uno a su casa?, como solía decir.Ella falleció cuando yo estaba viajando a un seminario en la localidad de Villa Elisa, pcia. De Buenos Aires.Entonces puedo decir que su fallecimiento, a pesar de la edad que tenía, para mí fue una muerte súbita. Es decir, no lo esperaba en esos días. Sé que todas las muertes, aunque anunciadas, son siempre imprevistas y llegan en el momento menos adecuado.Me avisa por teléfono uno de mis hermanos y me vuelvo inmediatamente porque mi madre quería un velatorio corto. Es decir, murió a las 6,30 hs de la mañana y fue sepultada a las 18 hs. Del mismo dia. Llego unas tres horas antes de la partida hacia el cementerio. Veo la angustia y la ansiedad de mi madre porque nunca estuvo tranquila durante los últimos meses.Mi madre se acordaba de la mala experiencia que tuvo en el velatorio de su padre y no quería repetirla. Para ella, eso se convirtió en una reunión familiar donde tuvo que atender, como si fuese una fiesta, a parientes y amigos que no había visto por años y que hablaban de cualquier cosa menos del muerto y del misterio de la muerte.Ella estaba agotada y me pareció correcto lo que hacía porque me puse del ?otro lado del mostrador?, no como funebrero, y pensé que si ella estaba conforme podría elaborar el duelo más fácilmente.Carola nunca quiso un velorio fastuoso o grandilocuente. Quería algo sencillo y que no gastemos en un ataúd caro.Yo estuve a su lado los últimos meses de su vida cuando más necesitaba ayuda de los demás, a pesar de que se resistía y no quería molestar a nadie.La acompañaba al baño, asistía a las señoras que la cambiaban y vi que había dejado de ser tan pudorosa como yo la conocí.En los momentos finales de la vida, creo que le damos valor a otras cosas que no son precisamente las materiales o las que vemos a simple vista, sino que entramos en otro estado de conciencia más abierta.En esos meses finales, ella le decía a esas personas que la cuidaban que se arrepentía de haberle pegado a su hija, cuando ésta era chica, porque se portaba mal.Mi madre no se acuerda que nadie le haya pegado o maltratado, al contrario, recuerda a su niñez e infancia con mucho cariño por lo bien que la pasó en su pueblo.Puedo decir, que yo sufrí un duelo anticipatorio pero, con los conocimientos que tengo actualmente sobre la Tanatología y el proceso del morir, yo hubiese tenido que estar más cerca de ella escuchándola y que nadie lo hubiese podido hacer por mí.Escribir sobre parte de su vida y la de mi familia me reconforta mucho y me hace aceptar el proceso de la vida y reconocer que Carola sólo se adelantó y que ella, en sentido espiritual, ya conoce la "verdad" estando en ese lugar en el que todos estaremos. Hugo José CARAMUTO Suipacha, 5-11-08