domingo, 18 de mayo de 2008

Meditaciones - Ken WILBER

Todas las formas de meditación están dentro de una u otra de dos categorías. El zen, el vipassana y el jnana yoga ejemplifican el poder propio. Este tipo de meditación se apoya exclusivamente en su propia capacidad de atención y de conciencia para trascender el ego y alcanzar una identidad más amplia. En la otra categoría, la del poder del otro, en cambio, uno confía en el poder del guru, de una doctrina sagrada, de una religión, de una tradición espiritual o de Dios. Ramana Maharshi (que suele ser considerado como el mayor sabio de la India moderna) dijo que hay dos caminos hacia la Iluminación: o bien autoindagar ¿Quien soy yo?, lo cual socava por completo al ego, o bien entregarse al guru o a una tradición espiritual y dejar que Dios purifique al ego. Cualquiera de las dos formas desbarata la ilusión del ego y permite que resplandezca el Si Mismo. ¿Cómo pueden funcionar dos técnicas que parecen tan distintas?. En la meditación vipassana hay que hacer un gran esfuerzo - por lo menos al comienzo - pero en la renuncia a uno mismo parece que no haya que hacer el menor esfuerzo. Las dos vías tienen en común - que es en realidad, lo que tienen en común prácticamente todas las formas de meditación - es que quebrantan la ilusión de ser un ego, fortaleciendo al Ser que es Testigo, es decir, fortaleciendo nuestra capacidad innata de limitarnos a presenciar el flujo de los fenómenos. ¿Pero en qué se diferencia eso del ego? Yo creo que el ego puede dedicarse a observar o ser testigo. Esa es la cuestión. El ego no es un verdadero sujeto. El ego no es más que otro objeto. En otras palabras, tú puedes ser consciente de tu ego, puedes ver tu ego y, aunque ciertos aspectos del ego sean inconscientes, todos ellos pueden, al menos teóricamente, llegar a convertirse en objetos de conciencia. En otras palabras, el ego se puede ver, se puede conocer. Y, si eso es así, jamás puede ser El que Ve ni El que Sabe ni el testigo. El ego no es más que un puñado de objetos mentales, un conjunto de ideas, de símbolos, de imágenes y de conceptos mentales con los que nos hemos identificado. Nos identificamos con esos objetos y luego los usamos como algo a través de lo cual miramos y, por consiguiente, distorsionamos el mundo. Estamos en la misma situación que cualquier científico; solo podemos basarnos en la evidencia que nos proporciona la experiencia. Más pronto o más tarde debemos confiar en nuestra experiencia, porque es lo único real que tenemos. Si no lo hacemos así caemos en un círculo vicioso. Si desconfío de mi experiencia también debo desconfiar de mi desconfianza que, a fin de cuentas, no es más que otra experiencia. Así que, antes o después, no tengo más remedio que confiar en mi experiencia, confiar en que el universo no me va a engañar de continuo. Obviamente, es cierto que también podríamos estar equivocados, pero aunque en algunos casos nuestra experiencia sea engañosa, mirándolo bien no tenemos más opción que hacerle caso. Esto es una especie de imperativo fenomenológico que afecta a todo tipo de experiencias y especialmente, a las experiencias místicas que, como se dice, son más reales, y no menos, que el resto. Estaba pensando en la crítica que el filósofo Hegel hizo de Kant: no podemos cuestionar la consciencia porque es la única herramienta de la que disponemos. Intentar hacerlo, dijo Hegel, sería como pretender nadar sin mojarse. Estamos empapados de conciencia, de experiencia, y no tenemos más opción que confiar profundamente en ella.

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